Orientación familiar

Acompañar a nuestros hijos e hijas en su crecimiento es, probablemente, uno de los compromisos

más grandes que asumimos en la vida. 

 
Su crianza tendrá buenos momentos y otros en los que las familias nos podemos sentir perdidas: implica estar presentes en lo cotidiano, en lo mejor… y también en lo que duele, desconcierta o desborda. 

 Criar no es una línea recta. 

Hay momentos de disfrute profundo y otros en los que sentimos que caminamos a ciegas. Algunas épocas parece que fluyen y otras que nos confrontan con nuestras propias heridas, límites y cansancio. 

Desde el buen trato a la infancia y la crianza asertiva, mi trabajo en orientación familiar nace con una intención clara: 
  •  acompañar, no juzgar; 
  •  sostener, no imponer; 
  •  abrir caminos, no dar recetas cerradas. 
 
A veces los retos aparecen ligados al momento evolutivo de nuestros peques: sus ritmos, sus necesidades, su manera de estar en el mundo. Otras veces el conflicto surge cuando lo que ellos necesitan no encaja con lo que las personas adultas podemos ofrecer en ese momento vital. 

Cuando la familia atraviesa situaciones complejas —como la ruptura de pareja o un duelo—, el acompañamiento se centra en cuidar lo esencial: reducir el impacto emocional en los hijos e hijas y preservar, en la medida de lo posible, su sensación de seguridad. 

Es posible que sintamos que nuestra vida es como un puzzle, y todas las personas necesitamos recolocar las piezas en algunos momentos. Sin embargo, no es cierto. Nuestra vida se parece más a un juego de piezas tipo Lego: podemos colocarlas y recolocarlas, mezclar colores y reconstruirnos. 

Así que sí, podemos revisar el pasado para comprender el presente y seguir avanzando. Esto es válido para las personas adultas… y también para los niños, niñas y adolescentes. 

Cuando llegan a la adolescencia, muchas preocupaciones giran en torno a la comunicación. Queremos acercarnos sin invadir, acompañar sin controlar, estar sin desaparecer. 

Deseamos que, al mirarse al espejo, puedan decirse: 
  • Soy importante. Tengo valor. 
  • Puedo equivocarme y seguir adelante. 
  • Paso a paso, construyo mi vida. 
Y sabemos que su autoestima no siempre les acompaña. 

Cada familia tiene su propio recorrido. No hay caminos estándar. 

En el proceso: 
  • Definimos conjuntamente qué objetivos son importantes. 
  • Exploramos soluciones realistas y coherentes con vuestros valores. 
  • Revisamos lo que ya habéis probado y cómo os ha funcionado. 
  • Incorporamos herramientas de educación emocional, comunicación y habilidades parentales. 

Aunque el foco debe estar puesto SIEMPRE en los niños, niñas y adolescentes, el trabajo es previo con las personas adultas

En ocasiones, solo la reflexión con los mayores puede modificar el sistema de funcionamiento familiar. Puede darse también la necesidad de escuchar a los más jóvenes: conversar, jugar, dar espacio a lo que sienten, a lo que proponen, a lo que necesitan decir. 

Con niños, niñas y adolescentes, el acompañamiento sigue la misma línea: 
  • ayudarles a fijar sus propios objetivos, 
  • afrontar retos, 
  • fortalecer su autoconcepto, 
  • revisar su día a día, su ocio, sus apoyos y vínculos. 

En definitiva, el objetivo es que cada persona —grande o pequeña— pueda contar con herramientas para manejar lo que le preocupa en su vida cotidiana. 
 
Quizá, si me sigues en redes, te llame la atención que utilizo la imaginación y la magia para buscar algunas de estas herramientas, las llamo “hechizos”. No son trucos ni fórmulas rápidas: detrás hay formación, experiencia y mucho trabajo personal. La magia es solo la puerta de entrada. 

Recuerda algo importante: como madre, como padre, como acogedor/a: 

  • eres el motor del cambio 
  • puedes transformar las quejas en oportunidades de conexión 
  • puedes descubrir la magia que ya existe en ti… y en tus hijos e hijas. 


Puedes aprender “hechizos” que hagan la convivencia más cercana, más consciente, incluso más divertida. 


Y si la magia no llega como esperabas, encontrarás otras formas —igual de poderosas— de crear vínculo y presencia.


Porque la verdadera magia en la crianza no es perfecta. Es real. Y empieza en ti.

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